Rabí Akiva prolongó su pronunciación de (la última palabra del pasaje inicial del Shemá) Ejad (Uno) hasta que su alma abandonó su cuerpo y finalmente murió con la palabra “Uno” en sus labios.
Ajdut Informa Nº698
Tanto en Tishá beAv, como en Iom Kipur, nuestra Tefilá incluye en uno de sus momentos más emotivos, una elegía dedicada a la muerte espantosa que sufrieron 10 de los más sabios de Israel a manos de los romanos. El momento en que ocurrieron estos escalofriantes crímenes, fue durante el dominio de los romanos sobre la Tierra de Israel, luego de la destrucción del 2º Bet haMikdash. En aquel período se cumplieron las palabras de la Torá: “aun todo sufrimiento que no está descripto en la Torá, haré caer sobre tí (Dvarim 28:61). Y si bien los caídos judíos en aquellos penosos años ascienden a millones, se menciona estas muertes en particular, por la característica crueldad romana con la que se llevaron a cabo, y por el hecho que la muerte de tzadikim (personas justas) expía los pecados de todo el pueblo de Israel. El plan de exterminio Los romanos se dieron cuenta de que mientras los judíos seguían estudiando y practicando la Torá, seguirían siendo indestructibles. Por lo tanto Roma comenzó una campaña sistemática para eliminar la observancia de los preceptos. Además de la prohibición específica contra el cumplimiento de la circuncisión, la observancia del Shabat, las leyes de pureza familiar, y la recitación del Shemá Israel, las autoridades ahora específicamente prohibieron muchas otras leyes de la Torá. Por encima de todo, estaba prohibida la enseñanza de la Torá, pues en ello radicaba la inmensa fuerza oculta de la nación. Además de las cuatro mitzvot mencionadas, prohibieron: el uso de Tefilín (Shabat 49.), la lectura de la Meguilá, comer Matzá, tomar el Lulav, la lectura de la Torá durante los servicios de la sinagoga, la construcción de una Sucá, vestir Tzitzit (Mejilta de Shmot 20:6, Midrash Rabá, Vaikrá 32:1), y la liberación de los esclavos de conformidad con la ley judía (Avodá Zará 17:). El objetivo era eliminar la observancia de la Torá en general, prevenir todas las reuniones de judíos, y destruir cualquier posibilidad de vida comunitaria ordenada. El primer objetivo: los Sabios La principal fortaleza de Israel provenía de la “pequeña” Ieshivá que Vespasiano había concedido a Rabí Iojanán ben Zakai con tanta despreocupación (no creyéndola “riesgosa”). Ahora, Adriano estaba decidido a borrar todos los rastros de la tradición que había sido conservada por la Ieshivá de Iavne y sus academias sucesoras. Su objetivo principal eran, por supuesto, los propios Sabios. Uno tras otro, siempre que los romanos los podían encontrar, ejecutaron a los Sabios y sus alumnos. A la cabeza de la lista estaban los grandes eruditos que han perdido sus vidas de esta manera. Fueron las “Diez Víctimas del gobierno (romano)”, los diez grandes mártires que mencionamos todos los Iom Kipur en una oración especial: “Estos recuerdo, y por ellos derramo mi alma”, y otra vez durante las lamentaciones recitadas en Tishá be’Av, en una elegía que comienza: “Los cedros del Líbano, los Grandes de la Torá”. Si bien en estos poemas, pareciera ser como si estos hechos sucedieron en una misma época, la verdad es que entre la muerte de algunos y otros, transcurrieron varias décadas. Algunos de los martirios sucedieron inmediatamente después de la destrucción del Templo, mientras que otros acontecieron después de la derrota sufrida por Bar Kojbá unos sesenta años más tarde. A saber, Rabán Shimón ben Gamliel y Rabí Ishmael el Kohen Gadol, vivieron antes de la destrucción del Segundo Templo, y fueron asesinados poco después, mientras que Rabí Akiva era un hombre relativamente joven en el momento de la destrucción (así como los otros mencionados aquí). Según el Midrash, la muerte de estos 10 mártires respondió a la venta de Iosef, hijo de Iaacov, a manos de sus 10 hermanos. Ese evento, que involucró a toda “la nación”, quedó sin ser punido, y con estas muertes sería expiado. Los hermanos habían permitido que se distorsione su evaluación acerca de los motivos de Iosef, juzgándolo de manera superficial. De haber analizado cuidadosamente los casos que los dividía, se habrían percatado de ello y no lo hubiesen declarado culpable de ser “rodef” (quien persigue a otro para matarlo), cuyo castigo es la muerte. Al no ahondar en el tema, falsearon la aplicación de la justicia. Fue, pues, aquella distorsión, la que se echó en cara a los Sabios para “justificar” luego su persecución en la época de los romanos. Ese hecho descorazonado sembró las semillas de la futura discordia y del odio injustificado en Israel. Pero recién en la época del Segundo Templo (que fue destruido por el odio gratuito - Iomá 9:) Israel cosechó los frutos amargos de aquel acto fallido. Fue entonces, que D”s provocó la muerte de diez santos mártires, que santificaron Su Nombre en expiación por el pecado de los diez hermanos de Iosef, pues fue la influencia aún presente de aquel error, lo que seguía impidiendo a sus hijos vivir en fraternidad y armonía. En el poema de Iom Kipur, se presenta esta narración como si fuera que el gobernador romano presentara una cuestión a los Sabios: ¿cuál es la ley si un judío secuestra a otro, lo obliga a trabajar y luego lo vende? La sanción en tal caso, es realmente que el secuestrador recibe la pena de muerte (Shmot 21:16). “Pues siendo así” - dijo el gobernante romano como pretexto para ejecutar a los Sabios - “ustedes deben pagar por este delito (que había sucedido más de dieciséis siglos antes), puesto que en todos los años desde que Iosef fue vendido, nunca ha habido tal colección de líderes destacados”. En consecuencia, debían ser castigados en lugar de los diez hermanos. El Midrash comenta en relación a este episodio que no se debe enseñar Torá a los gentiles, pues, como vemos en esta historia, utilizaron los conocimientos adquiridos, para hacernos un gran daño. Según Pirkei d’Rabi Eliezer (cap. 38) y Targum Ionatán (Bereshit 37:28), basándose en Amós 2:6, cuando los hermanos de Iosef lo vendieron, utilizaron el dinero para comprarse zapatos. Ahora, como parte de su farsa, el gobernante romano llenó una habitación de su palacio con los zapatos para incriminar a los Sabios. No había base jurídica para ello, y por supuesto, era todo parte de la conspiración del gobernante para justificarse por matar a los líderes del pueblo judío. Por su parte, los Sabios consideraron que su sufrimiento podría ser di-vinamente ordenado como purificación para el pueblo judío. Si eso era así, aceptarían tranquilamente el decreto justificado, alegrándose de ser los instrumentos necesarios para purgar y sanear al pueblo de sus faltas. De no tratarse de un Decreto Celestial, se sabían capaces de conseguir la anulación del decreto romano. Los Sabios solicitaron del gobernador tres días para responder a sus avances. Se tornaron hacia Rabí Ishmael ben Elishá, el Kohen Gadol, para pedirle que descubriera si tal era el caso. Mientras el resto de los Sabios ayunaba y rezaba, Rabí Ishmael se purificó y pronunció el Nombre Secreto de D”s, por medio del cual se puede realizar milagros. De la narración en este poema, se desprende que Rabí Ishmael fue un Kohen Gadol que sirvió en el Templo antes de la destrucción. Según otra versión, sin embargo, fue el colega de Rabí Akiva y descendiente de Kohanim Guedolim. Una vez en las Esferas Celestiales, Rabí Ishmael formuló la pregunta a los ángeles, y éstos le respondieron que efectivamente los Sabios debían aceptar el decreto. Los Sabios estaban tristes por deber morir en un modo sombrío, pero alegres que se los consideraba a la altura espiritual de los hermanos de Iosef, y que sus almas serían ofrendadas sobre el Altar Celestial. Rabán Shimón ben Gamliel y Rabí Ishmael el Kohen Gadol El gobernador pues, determinó que Rabán Shimón ben Gamliel (príncipe de Israel, bisnieto de Hilel, y descendiente directo de la familia monárquica del rey David) y Rabí Ishmael el Kohen Gadol serían las primeras víctimas. Una vez que se determinó su muerte inminente, cada uno de ellos rogó al verdugo: “¡Por favor, mátame primero, para que no me vea obligado a presenciar la muerte de mi querido colega!”. El propio verdugo estuvo sorprendido por el amor puro que sentían uno por el otro y le dijo: “En tal caso, echaremos suertes para decidir quién debe morir primero”. Cuando Rabán Shimón ben Gamliel estaba a punto de aprestarse para ser asesinado, le preguntó a Rabí Ismael: “Mi querido hermano, ¿por qué voy a tener que someterme a morir una muerte ignominiosa como un delincuente común)? Rabí Ismael respondió: “Tal vez cuando predicaste en público delante de las masas, te has llenado de satisfacción personal en exceso, derivando placer personal de las palabras de Torá?”. Otras versiones (Mejilta Shmot 22:23) señala que Rabí Ishmael respondió: “¿quizás sucedió que en alguna oportunidad se acercó alguna persona por un tema judicial o para hacerte una consulta y demoraste hasta que bebieras tu vaso de agua, te ataras los zapatos o te pusieras tu manto?”. Rabán Shimón ben Gamliel respondió a sus palabras “mi hermano: ¡me has consolado!” (Mishná Brurá (53:35) citando al Sefer Jasidim). Una vez decapitado Rabán Shimón ben Gamliel, Rabí Ishmael lloró desconsoladamente por la muerte del líder del pueblo. El gobernador romano se mofó: “¿Por qué te lamentas por él? ¡Apénate por tí mismo, que serás el próximo en morir!” El gobernador tenía una hija que escuchó los alaridos de Rabi Ishamel. Ella estaba impresionada con la belleza del Sabio, porque él era tan hermoso como Iosef hijo de Iacov. Por lo tanto, suplicó a su padre preservar el rostro del Sabio para su gratificación personal. El padre respondió: “Si es la cara que te impresiona, la podemos conservar”. En un increíble despliegue de crueldad, que mostró el ser despreciable que era, pidió que la piel facial de Rabí Ismael fuera arrancada de su rostro mientras él todavía estaba vivo y que esa piel la podría luego rellenar preservándola en bálsamo fragante como un trofeo para conservar su hermoso rostro, que luego podría contemplar. Mientras esto se realizaba, Rabí Ishmael permaneció en silencio y soportó el insufrible dolor físico. Pero cuando llegaron al sitio en que se colocan los Tefilín, clamó con un grito desgarrador. Al preguntársele, porqué recién gritaba en aquel momento, respondió que más que por la pérdida de su alma sufría porque lo despojaron del poder espiritual de esta Mitzvá. El Talmud relata que una vez cada setenta años los romanos realizaban un simulacro teatral con la siguiente escena: un hombre sano (en representación de Eisav) cabalga a hombros de un lisiado (simbólico de Iacov, que había sufrido una cojera temporal después de hacer batalla con el ángel). El “Eisav” de esta obra estaría vistiendo la ropa majestuosa una vez usada por Adam y que había sido otrora propiedad de Eisav, y mantenía en alto la cabeza conservada de Rabí Ishmael (cuya belleza se equivalía al patriarca Iacov). Todo esto, se hacía para “demostrar” la continua supremacía de Eisav (antepasado directo de Roma) por sobre Iacov, o sea, Israel (Avodá Zará 11:). (Los setenta años, significan que se había superado el término del exilio que previamente había perdurado el de Babilonia). Rabí Akiva A Rabí Akiva le dieron muerte a la edad de ciento veinte años y ocurrió alrededor de sesenta años después de la destrucción del Templo (aprox. 135 de la era común). Después de la derrota de Bar Kojba en su levantamiento contra los romanos, Adriano, el emperador, promulgó decretos extremadamente duros que proscribían la práctica del judaísmo en general y la prohibición de estudio y la enseñanza de la Torá, en particular. Quien desobedeciera este decreto, recibiría la pena de muerte. Rabí Akiva sabía que sin estudio de la Torá el pueblo judío sufriría aun peor que la propia muerte. A pesar de que fue advertido por su amigo, Papus ben Iehudá, Rabí Akiva contestó que el pueblo judío sin Torá era como un pez fuera del agua: “a pesar de que estamos en peligro si estudiamos Torá, debemos correr el riesgo porque ciertamente moriremos, sin ella”. Por lo tanto, ignoró el decreto romano y enseñaba Torá en reuniones públicas y masivas. Los romanos lo arrestaron y lo pusieron en prisión. El día de su detención fue el cinco de Tishrei (Shulján Aruj, Oraj Jaim 580:2). La detención de Rabí Akiva fue un duro golpe para la moral de la nación ya tan aturdida por la reciente catástrofe. Rabí Akiva había sido líder de su pueblo durante dos generaciones. Unos cincuenta años antes, Rabí Dosa ben Horkinos ya había dicho a él: “¿Eres tú Akiva ben Iosef, cuyo nombre es famoso desde un extremo del mundo al otro?” (Ievamot 16.). Y ahora esta gran figura de contención y fuerza del pueblo estaba detrás de los muros de una cárcel romana. Durante la última fase de la revuelta de Bar Kojba, había sido imposible declarar los años bisiestos, y como consecuencia, las fiestas no fueron debidamente coordinadas con las estaciones solares. Rabí Akiva, aun estando en prisión, proclamó por adelantado tres años bisiestos posteriores (Sanhedrín 12.). Este pasaje del Talmud revela el tipo de asunto - p.ej. que el calendario debe estar en orden para que las festividades se observen correctamente - ¡que preocupó a Rabí Akiva mientras esperaba su destino! Del mismo modo, encontramos que cuando surgieron problemas halájicos que los Sabios sobrevivientes no podían resolver por sí mismos, idearon métodos ingeniosos para exponer las preguntas a Rabí Akiva aun en la cárcel (Talmud Ierushalmi, Ievamot 12:5), y hasta pagando una suma importante de dinero a un hombre dispuesto a arriesgar su vida para visitar a Rabí Akiva y aclarar una cuestión halájica (Ievamot 108:). Finalmente lo ejecutaron en Iom Kipur. Rabí Akiva fue torturado hasta la muerte mediante un tremendo salvajismo. El momento en que se llevó a cabo la ejecución de Rabí Akiva era cuando los judíos deben recitar el Shemá matutino diario (con el que los judíos aceptan sobre sí el yugo de la Autoridad del Todopoderoso). A pesar de que los romanos estaban arrancando su carne con peines de hierro, Rabí Akiva estaba asumiendo la Autoridad Celestial con alegría, como lo hacía a diario. A cada arañazo adicional, Rabí Akiva respondía: “D”s es Justo...”, y “Su obra es perfecta”. Turnus Rufus, el comandante romano que ordenó la ejecución, quedó pasmado: “¿No tienes, acaso, percepción de dolor como que puedes reír a la cara de un sufrimiento tan intenso?” - exclamó. Incluso sus discípulos le dijeron: “¡¿Incluso en esta situación, nuestro maestro?!” (Es decir: ¿mientras está siendo torturado, aún piensa en el Shemá?) Él les respondió: “Toda mi vida he estado preocupado por el pasaje: “y amarás a D”s... con toda tu alma” (Dvarim 6:5), (lo que significa que hay que amar a HaShem y sus mandamientos, incluso si esto significa renunciar a la propia vida). “Toda mi vida me decía a mí mismo, cuándo se presentará alguna vez (la oportunidad de cumplir ese mandamiento). Ahora que ha llegado la situación y tengo el privilegio de servir al Creador a este nivel: ¿no lo he de cumplir?” Rabí Akiva prolongó su pronunciación de (la última palabra del pasaje inicial del Shemá) Ejad (Uno) hasta que su alma abandonó su cuerpo y finalmente murió con la palabra “Uno” en sus labios. En aquel momento se escuchó una Voz Celestial decir: “Tú eres digno de alabanza, Rabí Akiva, pues entregaste tu alma proclamando la Unicidad de D”s! ... y merecedor de ingresar en la Vida del Mundo Venidero” (Brajot 61: - Ierushalmi Brajot 9:5). Rabí Iehudá ben Bava. Aun cuando todos estos castigos eran crueles e inhumanos, no se comparaban con el peligro que significaba el castigo por la enseñanza de la Torá, y en especial a la concesión de Semijá a los alumnos. Moshé había transmitido la Semijá a su discípulo Iehoshúa, lo que le distinguió con la autoridad comunicada por D”s a Moshé para emitir juicios halájicos, imponer determinadas multas (Knasot) y ser miembro del Sanhedrín. Según la ley judía, Semijá podría ser otorgada sólo por un sabio que podía demostrar retroactivamente su propia Semijá a la cadena, de discípulo a maestro, hasta Moshé Rabeinu mismo. La cadena de la ordenación sinaítica permaneció intacta, traspasada de maestro a discípulo, desde hacía ya casi quince siglos, hasta que los romanos emitieron un decreto prohibiendo (bajo pena de muerte) a los maestros de ordenar a sus alumnos. Los romanos comprendían demasiado bien el significado de esta ceremonia. Por lo tanto consideraban a este “delito” tan grave que no sólo penarían a los estudiosos directamente involucrados, sino para todos los residentes de la ciudad donde se había cedido la Semijá. Obviamente sólo un alumno excelente era digno de recibir tal Semijá. Rabí Iehudá ben Bava estaba decidido a garantizar la perpetuación de la cadena de Semijá. En secreto ordenó a cinco de sus mejores discípulos, cerca de un desfiladero entre las montañas, en una zona aislada entre las ciudades de Usha y Shefaram (eligió este sitio desértico a fin de no involucrar y poner en riesgo a los habitantes de ciudades cercanas). Estos alumnos ilustres fueron: Rabí Meir, Rabí Iehudá bar Ilai, Rabí Shimón bar Iochai, Rabí Iosei ben Jalafta y Rabí Elazar ben Shamúa, el décimo de los mártires (otras opiniones agregan un sexto discípulo: Rabí Nejemiá, Sanhedrín 13:-14.). Por desgracia, los romanos se enteraron de esta convocatoria y enviaron tropas para ejecutar al maestro y a sus discípulos. Siendo un anciano de setenta años que no podía escapar fácilmente, Rabí Iehudá ben Bava ordenó a sus alumnos: “Huid, hijos míos, y me mantendré firme ante ellos como roca imposible de mover”. Rabí Iehudá bloqueó el estrecho camino de montaña con su propio cuerpo y los romanos no podían moverlo. Solamente después de que le atravesaron el cuerpo con trescientas lanzas de hierro y lo convirtieron tal como un colador, cayó muerto. Mientras tanto, los alumnos ya se habían dispersado. Fue así que Rabí Iehudá ben Bava garantizó que los discípulos eruditos de Rabí Akiva sigan la cadena de la Semijá. Por orden de él, huyeron a Bavel, pero con el tiempo regresaron y revivieron todo aquello que los romanos se habían empeñado en destruir con terrible brutalidad. Rabí Janiná ben Teradión. El Talmud (Avodá Zará 14.) enseña que el pretexto para ejecutar a Rabí Janiná, fue que violó el edicto romano contra la enseñanza pública de la Torá. Los romanos lo envolvieron en un rollo de Torá que siempre llevaba consigo, y le prendieron fuego. Para prolongar su agonía, pusieron en su pecho lana empapada en agua. Ante el horror de su hija, que le dijo que no podía verlo en esa situación, respondió que si estuviera solo, sufriría más, pero al ser que estaba envuelto con el Sefer Torá: “Quien vengaría el honor del Sefer Torá, retribuiría a los malvados también por lo que le habían hecho a él”. Los alumnos le pidieron que abra la boca para morir más ligeramente (y sufrir menos), pero él insistió en que dejaría que “Aquel que le había dado la vida, también se la llevaría”. Nuevamente insistieron en saber qué era lo que él veía, a lo que Rabí Janiná señaló: “El pergamino se consume, pero las letras vuelan en el aire” (o sea, que los malvados solamente podían destruir el aspecto físico de Israel, pero no su contenido espiritual). El verdugo romano estuvo profundamente conmovido por la santidad de Rabí Janiná y le preguntó: “¿Si quito la lana de tu corazón, tendré una porción en el Mundo Venidero?”. Rabí Janiná prometió que sí, tras lo cual el romano quitó la lana mojada y puso más leña al fuego, para que la agonía terminara rápidamente. De inmediato, el romano se arrojó al fuego y murió. Una Voz Celestial proclamó: “Rabí Janiná y su verdugo están prontos para ingresar al Mundo Venidero”. Rabí Yeshevav haSofer (el Escriba) Fue colega de Rabí Akiva y tenía noventa años. Se decía de él que era tan importante como Moshé Rabeinu en todos los aspectos, fuera de la profecía. Antes que lo lleven, los alumnos le preguntaron sería de ellos (cómo debían obrar para sobrellevar los sufrimientos). “Sosténganse mutuamente, amen la paz y la justicia - quizás, entonces, haya esperanza” - respondió. Los romanos lo asesinaron mientras él recitaba la parte del Shemá que trata la mitzvá de los tzitzit. Murió en el nivel más alto de pureza pues había estado ayunando todo aquel día, pero los romanos estaban decididos a someter sus restos a la peor degradación. Se negaron a permitir que sea enterrado, sino que promovieron que perros salvajes arrastren su cuerpo puro y santo por las calles. Rabí Chutzpit haMeturgueman (lit: intérprete) Era el día anterior al cumpleaños número 130 de Rabí Jutzpit y su último deseo fue vivir un día más a fin de recitar el Shemá por última vez por la noche y la mañana. Pero su deseo no fue concedido. Los romanos idearon una tortura particularmente sádica para con Rabí Jutzpit. Puesto que era reconocido por su habilidad retórica y su “lengua de oro”, antes de apedrearlo y matarlo, le cortaron la lengua y la arrojaron en el montón de basura. Fue un suplicio particularmente cruel, pues Rabí Jutzpit jamás había usado su lengua para hablar otra cosa que palabras de Torá. El Talmud relata que cuando Elishá ben Avuiá, un sabio muy conocido de los tiempos Mishná, vio la lengua de Rabí Jutzpit siendo masticada por un cerdo en el basural, no podía concebir que un D”s Justo permitiría tal grado de injusticia, y se volvió hereje. El Talmud, sin embargo, toma la degradación de Rabí Jutzpit como demostración de que “no existe recompensa por la observancia de mitzvot en este mundo”, (sino solamente en el Mundo por Venidero - Kidushin 39:). Rabí Iehudá ben Dama A este Sabio lo mataron de manera brutal, atándolo de su cabello a la cola de un caballo, y arrastrándolo así por las calles. Esto no calmó la perversidad de los romanos, sino que luego decretaron descuartizar su cuerpo... Rabbj Janiná ben Jajinai y Rabí Elazar ben Shamúa (en momentos que recitaba el Kidush) fueron las últimas víctimas de estos verdugos monstruos sanguinarios (algunas versiones tienen a Rabí Iehudá haNajtom en su lugar). El Midrash narra que los romanos desafiaban a los Sabios, diciéndoles que su creencia en D”s era en vano, pues claramente no los estaba salvando. Ellos respondían a cada una de aquellas ironías y desatinos declarando la certeza en que lo que les sucedía era la Voluntad de D”s, y que, sin duda, los romanos pagarían un precio muy alto por lo que hacían. En ningún momento callaron o intentaron adular a los malvados para salvar sus vidas. EPÍLOGO “La tragedia de la muerte de los justos equivale a la quema del Bet haMikdash” (Rosh Hashaná 18.). Por lo tanto, lloramos su pérdida en Tishá beAv, el día de la destrucción del Templo. Asimismo: “La muerte de los justos expía los pecados de Israel” (Moed Katán 28.). Por un lado, la desaparición física de los Sabios, lleva al pueblo a reflexionar, examinar sus actos y corregirlos (Meiri). A su vez, la ausencia de las personas venerables, impide a los demás apoyarse en la actitud cómoda de sentirse “protegido” por los méritos del tzadik. Los romanos querían crear un ambiente de miedo para que la Torá dejara de ser estudiada (Sifrá, Vaikrá 26:30) y acabar con la vida espiritual mediante terribles castigos contra los judíos que se negaban a someterse. Las fuentes talmúdicas denominaron a esta etapa es “la generación del Shmad”. “Para aquellos que Me aman y que observan Mis preceptos” (Shmot 20:6): Rabí Natán dijo: “Esto se refiere a aquellos que viven en la Tierra de Israel y dan su vida por la observancia de los mandamientos” (Mejilta Shmot 20:6). -“¿Por qué eres llevado a ser decapitado? -“Porque circuncidé a mi hijo”. “¿Por qué eres llevado a la hoguera?” -“Porque estudié la Torá”. -“¿Y por qué te están llevando a ser crucificado?” -“Porque me comí matzá”. -“¿Por qué eres azotado con el látigo?” -“Porque cumplí el precepto del lulav”. La perversidad de la tortura, la barbarie y el infierno empleados por los romanos se ilustran en las palabras de Rabí Jia bar Abba, quien declaró: “Si me ordenaran dar mi vida por la Santidad de Su Nombre estaría dispuesto a hacerlo - con la condición de que me maten de inmediato. Sin embargo (las torturas aplicadas) en la “generación de shmad”, no las podría soportar. ¿Y qué hacían en la generación de shmad? Traían barras de hierro calentadas al rojo vivo, y las ponían bajo las axilas (de la víctima) y así le quitaban la vida. También traerían astillas de caña, clavándolas bajo las uñas y así se quitaban la vida (Midrash Shir HaShirim 2:8). Los ángeles celestiales vociferaron: “¡¿esta es la Torá - y esta es su recompensa?! D”s dispuso que dejaran de reclamar, pues, de otro modo, volvería al mundo entero a su situación de caos inicial (antes de organizar el cielo y la tierra): “¡Ustedes no saben calcular la enorme recompensa que les espera en el Mundo Venidero!” Rav Shlomó Kluger sz”l, ilustró esta situación con un ejemplo: Un rey le dio a un sastre una tela muy valiosa para que le confeccione prendas para la familia real. El sastre realizó una tarea excelente, y el rey estaba muy satisfecho con su trabajo, premiándolo por su encomiable labor. Había otros sastres que sentían envidia por la distinción, y comenzaron a rumorear que el sastre se había quedado con parte de la valiosa tela que el rey le había entregado. Cuando el rey convocó al sastre para indagarlo acerca de la veracidad del rumor o demostrar su falsedad, el sastre le respondió que el único método que tenía para exponer la inexactitud de la calumnia, era tomar todas las prendas, descoser cada una de las costuras y calcular la medida de cada trozo... Los humanos somos, solamente, humanos: no tenemos acceso a comprender las determinaciones del Todopoderoso. La eterna pregunta de las aparentes injusticias de la vida, nos eluden tal como ha eludido a nuestros antepasados, sin que esto haya provocado que flaqueen en su fe. A pesar de las terribles embestidas de la “civilización” romana, los Sabios de aquella generación nunca dejaron de aprender, enseñar y practicar la Torá. No fue la primera vez, y ciertamente no fue la última, en la que los enemigos creyeron estar seguros del éxito en haber destruido al pueblo judío: las instituciones de nuestro pueblo habían sido destrozadas, sus costumbres proscriptas, sus líderes religiosos asesinados o dispersos... seguramente los romanos consideraron que, finalmente, habían logrado la “solución final”. Que esto no fue así, se debe a que D”s prometió en la Torá que Israel sobreviviría a todos sus enemigos. ¿Y cómo sucedió eso? Porque los judíos y sus dirigentes estaban dispuestos a morir por su creencia en D”s y Su Torá. Esa es la lección que nos deja esta tristísima elegía, fuente de dolor, de valentía, orgullo y esperanza. Daniel Oppenheimer |